Mi alma es un albergue acogedor en el cruce de los caminos y recibo todo lo que se deja captar. Me dejo buenamente convertir en un ser dócil, capaz de escuchar, al punto de no pensar en absoluto en mí mismo, de comprender todas las emociones que se presentan delante de mí. Logro aplacar todo impulso de reacción hasta ya no considerar nada como algo malo y no tener que protestar por una nimiedad. Me doy pronto cuenta además, que en mi apreciación de lo bello hay también espacio para la fealdad. (*)

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