Una mirada de circo

El amor surgió entre una acróbata y un espectador.

Periodista él de día, funambulista ella de noche, le encargaron un reportaje de cultura gitana y entre dimes y diretes consiguió gratis unas entradas para un circo instalado en el centro. Del techo colgaban dos trapecios y a sus pies dos enormes alfombras persas que abrigaban un suelo de circunferencia nómada. Salieron dos familias bailando el clan clan al completo, unos franceses, los otros húngaros. Cada uno tenía su papel, su granito que echar a la planicie de nudos hechos a mano.

El más viejo de los patriarcas dirigía una pequeña orquesta que no dejaría de tocar en directo a lo largo de todo el espectáculo, sus camaradas, un acordeón, un violín y un contrabajo de madera y duende inmigrante. El resto de los miembros familiares: malabares, fuego, pelotas que ruedan al revés de la gravedad y niños vendiendo sus primeros pasos circenses.

El periodista en la segunda fila y entre él, el público, el tercer clan que enmudece excepto por el “de vez en cuando” palmeo al unísono y los “ohhhs” exclamativos de cascada carcajada; sentada a su izquierda una niña de apenas cinco o seis años, se descojona con el malabarista de la maleta y contagia a todos con esa mueca de infancia expansiva un ola de sonrisas de aspecto vírico. La música de los gitanos ha comenzado a diluirse y las luces se han apagado, de repente un sonido envolvente ha parido en las alturas a una mariposa acróbata, ella de negro y su capullo de blanco se han desplegado en nudos de rodillas y piruetas, y en la cuarta vuelta, cuando ha comenzado a descender a la velocidad de un aleteo, le ha lanzado al periodista un flechazo de encuentro de “cuando acabe te espero en la puerta de salida”.

Teatro cíngaro de Alexander Romanec
En el circo Price del 2 al 7 de octubre.

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