Noche de cine

Jaime regresaba del cine. Al entrar en casa venía con un brazo menos. El culpable había sido una vez más su romanticismo. La película que había ido a ver había sido con el único chico que le ponía nervioso y aunque parecía entretenida él ni se enteró. Su concentración estaba en otra cosa que aunque silenciosa era bastante más importante. Se trataba de salvar su brazo y lograrlo con la mayor galantería posible.
Se habían sentado a mitad de la sala de butacas y a los pocos minutos de comenzar la película el chico que le aceleraba las digestiones le había cogido de la mano. Le pilló de improviso porque no solía hacer uso de ninguna muestra de afecto, por eso Jaime cuando sintió que le cogían la mano y entrelazaban unos dedos a los suyos no pudo menos que emocionarse y celebrarlo con su subconsciente. Durante los primeros veinte minutos gozó a medias entre una película que describía un viaje al sur de África y su propio viaje por las emociones internas. Pensaba que si aquel chico le había agarrado la mano y la mantenía junto a la suya por tanto tiempo tenía que significar algo. ¿Acaso sentía lo mismo que él aunque nunca le dijera nada? Ahora existía esa posibilidad y para Jaime, aquello era mejor que una montaña de éxtasis.

Veinte minutos más tarde

La constancia y su cabezonería de no soltar una mano que se retorcía en una postura ya imposible, sin circulación relajada y con un cosquilleo que le iba de los dedos hasta el hombro le estaba jodiendo la noche. Se preguntaba a sí mismo porque era tan imbécil de no soltar una mano y enmendar aquel sufrimiento del que sólo él era consciente, pero también sabía muy bien la respuesta. A parte de romántico era cabezota y ciertamente gilipollas, y si se había apostado que podía aguantar, tenía que cumplirlo. Así que así pasó la noche del jueves, como una tortura. Meditaba, se imaginaba a fakires sobre cuchillas, a dos contorsionistas metidos en un cubo de rubik o a un hombre atravesando las brasas con los pies descalzos. Ellos podían, él también.
Terminó la peli y el chico por fin soltó su mano. No podía moverla, la tenía agarrotada y pseudo engangrenada, no quiso forzarla más y la dejó caer muerta a ras de la entrepierna. Su amigo, mientras, le preguntaba por la película, él sólo pudo contestar lo valiente que le había parecido el protagonista. En silencio llegaron a casa y se despidieron. Jaime se metió en la cama mientras hacia ejercicios de estiramiento con su brazo. Lo peor había pasado. Apagó la luz y un instante antes de perderse en el sueño sonó un mensaje en el móvil. Era su amigo y era una sola frase: “Me gustas”. Apagó el móvil, miró a su mano y le lanzó un beso desde la almohada. Aquella noche soñó con un viaje al sur de África donde un león le arrancaba a mordiscos un brazo.

1 comentario:

jaimito dijo...

gracias Anabelita por reflejar con tanta precisión -como se nota que me conoces a fondo- la escena que viví/sufrí hace unos cuantos años ya (todavía tenía el pelo largo, y el brazo un poco más corto...por razones obvias)
Después vinieron muchas más citas con manos diferentes, muchas más películas en las que la pantalla era lo de menos y muchos suspiros con banda sonora.
Ahora queda poco de ese gilipollas que era capaz de quedarse manco antes de quedarse solo.
te adoro... mi sirena...
un besazo y mil gracias!!!