En un punto azul

Una noche estaba paseando por la playa, andaba descalza para sentir la textura de la arena firme bajo los pies. Miraba al suelo buscando conchas y las que me gustaban las iba guardando en un bolsillo de la chaqueta. Hacía brisa y el olor del mar de vez en cuando era más fuerte. Llevaba ya un rato andando y me sentía relajada, había poco ruido y las luces del puerto refulgían con ese encanto de las fotos buscadas.
De pronto pensé en él y en el tiempo que hacía que no nos veíamos. Intenté recordar su voz pero sólo pude reconocer que era grave, la oía desde la cama cuando tenía la puerta cerrada y resonaban las ondas por mi almohada como un arrullo de seguridad. Me gustaba sobre todo cuando la escuchaba al despertar, cuando me quedaba en la cama unos minutos conmigo misma, moviendo los pies y buscando las zonas aún vírgenes de arrugas en la cama.
Me senté frente a la orilla dejando mojar mis pies con la espuma reticente a regresar a casa. Me daba melancolía, pero decidí hacer algo que llevaba mucho tiempo sin hacer. Calcular los años desde su muerte. Desde hacía ya bastante, cuando el tiempo comenzó a pesar demasiados kilos, había preferido parar el reloj de las cuentas. Para mí él no estaba. No estaba. Eso era el todo y por ello no me era necesario saber cuánto hacía de eso, quizás por una cuestión de respeto o quizás de facilidades. Pero hoy quise volver atrás con años y meses, quise contar el tiempo desde que dejé de escucharte por las mañanas. El Mar se hizo inmenso. Miré el horizonte, el agua estaba oscura a lo lejos pero calmada, serena. Me levanté y comencé de nuevo a andar.

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