Por si las moscas

Claudia se fue esa mañana a la ferretería y compró un celofán de varios metros y bastante resistente. Al llegar a casa le quitó el plástico protector y deslizó con fuerza un trazo largo. Arrancó con los dientes el extremo que todavía la unía al resto de la cinta y se fue dirección al baño con mucho cuidado de que no se le pegase el celo y su cometido acabe por convertirse en un burruño color ocre. Se puso frente al espejo y se miro fijamente en él. Pensó que ya era hora de dejar de cometer errores. Su naturaleza impaciente e impulsiva le jugaba a cada rato una mala pasada en aquella época de turbulencias. No podía fiarse de sí misma. Así que estiró bien la cinta y se la pegó frente a su boca abarcando ambos lados de la cara. Apretó bien con la superficie de la mano y comprobó que no podía mover ni un ápice los labios. Acto seguido se fue al salón, se tiró en el sofá y mientras miraba de reojo su móvil y la hora en el reloj digital del dvd, cogió la última novela de Antonio Tabuchii y abandonó con gusto su realidad adentrándose de lleno en las turbulencias esta vez de un periodista del Lisboa, el señor Pereira.

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