Coloquio de cascotes y metralla



- Sí... Creo que si hay algo positivo de todo esto es eso, nos han quitado la venda de los ojos para atárnoslas a las manos. Tienes que ver la metralla para comprobar que somos una panda de mediocres inhumanos. Eso da vergüenza, la verdad, vergüenza de nosotros mismos y no de bajar aquí sola en medio de la nada. Ha llegado un punto en que prefiero que me cojan a seguir comiendo la mierda que nos dan.
- Puede ser…pero ten cuidado… a veces esa valentía te responde con un arresto y vete tú a saber que más… Bueno me marcho, me ha gustado hablar contigo, no sé, me he sentido acompañado y libre por un momento, quizás volvamos a vernos, nunca se sabe…
- Sí, nunca se sabe…

Y me di media vuelta. Cogí la pelota y borré la conversación, no convenía pensar hasta que uno estuviera resguardado. Si andas por la calle y dejas que el miedo campe a sus anchas, entonces te acorralas y te obligas a andar con paso rápido hasta tu casa o lo que ha quedado de ella después de tanto registro, robo o intromisiones por doquier del puto ejército del diablo.
Seguí botando aquel balón. Apenas sin aire en su interior se desvanecía a cada movimiento buscando más el suelo que el tacto de mis manos. Le daba con fuerza para lograr el impulso suficiente y así poder lanzar la pelota con algo de gracia hasta la canasta roída. Daba tres giros y saltaba en el aire con cuidado de no caer en alguna de las grietas que la policía había provocado hacía pocos días. Había sido una semana especialmente violenta por una revuelta contra un sindicato de estudiantes que salieron a la plaza a protestar y lo que consiguieron fue que les cerrasen la boca con sangre. Que yo recuerde al menos treinta chicos de las facultades de políticas y periodismo habían salido el lunes con pancartas y silbatos. Pedían asistir de nuevo a las aulas y una ampliación de la cartilla de racionamiento. Sin duda, una mala idea. La policía y sus furgones de mierda en apenas quince minutos les acorralaron y escupieron contra ellos gases, patearon costillas y rompieron cabezas con porras recién compradas. Las sirenas se fundían con un plomo que volaba a toda prisa hasta pararse en seco en el pecho de uno, dos y catorce estudiantes. Catorce chicos que no superaban la media veintena cayeron aquel día, nadie dijo nada, el miedo creció con las uñas y la pólvora. Ahora, tan sólo unos días después no lo recordamos. Sencillamente no podemos permitirnos los recuerdos. Sólo sobreviviremos pensando en las horas que quedan para el ocaso, en caer en la cama y en saber que un día más nos hemos acostado vivos, con los nuestros, en lo que queda de nuestra casa.

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