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Tengo un sueño que pesa como una losa de granito. El despertador me ha estado sonando a las seis menos cuarto de la mañana y perdón a quien le joda pero no pienso quitarle ningún dramatismo al hecho de levantarme a esas horas... Lo primero que uno ve en el móvil es que el arranque y puesta en marcha de tu batería comienza con un simple y poco desarrollado cinco, y eso, por mucha voluntad que le ponga, te deja para criar malvas al por mayor. Quiero embutirme como un chorizo recién nacido de la matanza en mi edredón calentito y pensar que todo es una broma de alguien que tiene muy mal gusto. Pero no, el sonido estridente de la alarma repite a los cinco minutos (...otra vez el puto cinco...) la dichosa llamada de atención de "levántate y anda". Y así, como auténtico milagro, consigo calzarme las cholas y entre choques con el marco de la puerta y choques con la puerta de la cocina me dirijo a estrenar el microondas que un lindo amigo me regaló ayer para calentarme el primero de los cafés de la mañana...
Una ducha, una crema contorno de ojos que no hay que extender sino aplicar a golpecitos y una abertura de portal que me dibuja a los ojos una calle de Lavapiés desierta, iluminada aún por las esferas nocturnas y recién mojada por los camiones de limpieza. Lo reconozco. Esto es lo positivo de madrugar tanto. Si hay algo bueno dentro de lo malo, en este caso es poder ver las callejuelas de un madrid recién duchado, con sabor a historia y con ese silencio que transmite la paz de un valium...
Una m-30, unos semáforos, el segundo café en la máquina del trabajo y un día menos para las vacaciones de navidad. Sí...este año no habrá cestas ni regalos ni jamón pero sí menos ojeras que las que tengo ahora...porque eso sí, por mucha crema que me eche, el puño en el ojo no me lo quita más que mi edredón, la música tranquila de fondo y la sabrosa sensación de saber y de experimentar que sólo me levantaré cuando me de la gana....
Cuento los días entre bostezo y bostezo....

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