Noto que no voy al compás. Ni a contracorriente. Tengo un ritmo rápido que quiere llegar a muchos sitios pero que nunca contenta a todos. Tengo un aletargamiento que mato con alcohol y conversaciones sin portera. Me duelen los tobillos y la planta de los pies y me hago masajes con lociones regaladas de las revistas. Bailo pero no sé si fue ayer, esta mañana o quizás lo he soñado. Me tiro, a sabiendas del daño, horas deambulando despierta, no consigo dormir conmigo, por necesidad y por los cincuenta grados que están peinando mi casa de extremo a extremo. Hoy vengo al norte, al único refugio del que tengo llaves y dirección y me tumbo cansada mientras me preparan filetes de pollo con ensalada. Quiero que me quieran es una adicción más potente que la cocaína aunque no hay dios que sepa donde comprar el gramo que yo necesito.
Mañana en cualquier caso me pongo zapatos de ladrillo para moverme menos y hacer que duermo más.

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