Humedad 83%

El señor Mignoc esta mañana se ha levantado medio aturdido. Ha dormido mal por el calor sofocante de estas fechas y por lanzarse en plancha como un gilipollas a la pesadilla freudiana de volver a pensar en ella. Cómo es posible que recuerde todavía el perfume de su cabello, o mejor aún, cómo es capaz siquiera de seguir indagando así en su memoria fosilizada.
Con un resoplido de conformidad engañosa, el señor Mignoc ha sacado de su vieja chaqueta una vieja lata color rojo óxido y de su interior, el tabaco francés importado que le manda a escondidas su sobrino desde París. Se ha liado un pitillo y ha aspirado una bocanada de humo del tamaño de una fosa abisal con la intención de forrar de veneno en volutas el dolor que siente en el pecho. Ha tragado el humo y ha notado perfectamente cómo sus pulmones se resentían del regreso de la niebla a casa. El médico le tiene prohibido ya desde hace años cualquier rastro de nicotina bajo pena de muerte así que, sólo tira de este ansiolítico asfaltado cuando le pueden los nervios a las ganas de no palmarla.
Una polilla ha pasado al abrirse la puerta del hotel y ha aparecido un cartero de Ziguinchor con el correo. El señor Mignoc al recogerlo ha apreciado un grosor poco común en uno de los paquetes. Tiene correo de París, le ha dicho el cartero. El señor Mignoc le ha sonreído y mientras le daba una propina ha asumido, con más benevolencia que conformismo, que hoy era día para suicidar unos futuras noches sofocantes más.

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