Todo el rato respiro por la boca, como los viejos; la tengo ya seca como una esponja sin estrenar. Trago y me clavan a la altura de una nuez que no tengo una estaca hasta el fondo. La nariz es una tubería obsoleta con una bulimia incesante de pañuelos olor a mentolado. La cuenca de los ojos tiene los niveles de la ría altos, la gente mira apoyada en la barandilla y se pregunta cuando podrán volver a cruzarse con mi mirada. Y yo les observo como las vacas observan pasar a un tren*, sin mirar en concreto a nada, sin mirar en concreto a nadie; o quizás sólo a su barbilla que mide mi temperatura apoyando la ternura sobre mi frente.

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