Beneficiándonos a la duodécima


El inicio del año me resulta cada vez más una atractiva herramienta para engañarme de una forma barata y convincente. No me refiero a pueriles inventivas para hacer de mi culo este año un escaparate más cercano a Ortega y Gasset que a la calle Ponzano. No es que tenga nada en contra de los locales de la calle Ponzano, pero a mí, no sé por qué, el apellido de este ilustre señor me suena a gordo, muy ilustre pero también muy gordo. A lo que me refiero con festejar la uva duodécima es a lo fácil que resulta en esta fecha eso de poder decir se acabó, esta vez voy a hacer algo realmente determinante con mi vida. Voy a olvidar de seguir conformándome sólo por la nómina, voy a atreverme a recitar a desconocidos una de mis poesías o voy a lijarte los colmillos de siniestra como te atrevas a tentarme. Yo, de momento para este año, creo que me voy a pedir explotar mi lado menos comercial pero probablemente más sabio, quién sabe quizás de esta relación antagónica surja al final un parto hasta rentable.

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