Te busco cada noche en lo alto de mis bosques,
te encuentro pasado un tiempo,
para mi gusto demasiado lento.
Te espío, estudio tus gestos, tus señas y santos.
Aprendo eso que quieres ver, anoto eso que quieres oír,
y saltan exacerbadas como adolescentes,
las ganas en mi vagina de poseerte.
Te vuelo en rodeo y lanzo un cordel sobre tu cuello para engarzarte con una soga mi psicopatía escondida entre piedras preciosas.
Nos sacamos a pasear, la una a la otra, lo tuyo a lo mío,
y la luna está llena y tú estás llena porque yo estoy contigo.
Entonces,
en lo mejor de la historia no quiero pero pasa,
el nudo se convierte en desenlace,
y
la carta del tarot me mete un zarpazo
que viene sin puntos supensivos.
Sobre tus manos ahora hay garras de loba hambrienta de maldad,
y aúllando de dolor noto los colmillos que van en tropel a matar a tu sombra.
Es mi destino, el destino de mujer loba,
destino maldito
que no muerde, destroza,
que no toca, te azota, que no busca, te estorba,
que sabe, que sé, que no quiere, y no quiero,

pero tiene y voy
a rasgarte y a echar como una moneda seca
tu herida caliente a una fuente de sangre
incesante en su goteo.
Soy una mujer loba, marchita tras las fauces,
que busca siempre ser otra, ser madre, ser tú.
No ser homicida ni homicidio de nadie
cuando queda sola en un bosque.
Y en los bosques es tan fácil encontrarse sola,
y en los bosques se tiene tanto tiempo para conquistar.
Pero ahora silencio, no hagas un sólo ruido,
acabas de entrar en mi bosque y yo llevo demasiado tiempo

sin nadie
para no seguir a cuatro patas

tu rastro tras los árboles.