Soy la hija bastarda de la abeja maya. Escondo esta verdad en unas bailarinas compradas en el rastro por cuatro duros. Saqué los pies de mi padre, igualitos, clavados, dos gotas de agua, dos patas de saltamontes que pegan como un dolor constante con mi origen aristocrático. Dos pruebas inequívocas además, del lío de faldas que mi padre se echó al curriculum y que a mí, aparte de para saltar como una jabata en las sesiones de after, no han hecho más que traerme problemas. Podía haber sacado sus grandes ojos verdes, o haberme ahorrado una pasta en ceras con su imberbe epidermis, pero no, conmigo la suerte fue bastarda de principio a fin y me calzó con toda su mala leche un 46 de otra especie animal.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

anda cállate, boba , que tienes unos pies preciosos!

Anónimo dijo...

pero si es usté,sesilia!

camisón dijo...

...Sobre uno de ellos hay alojado un inquilono al corriente de pago que no hay manera de echar. Quizá porque en ese 46 ha encontrado por fin el hogar que estaba buscando...