Ayer te observaba en la cocina, los verdes del canónigo pintaban el blanco de tu camiseta y se dibujaban en mi mente el contorno de tus pezones en verde pastel. Te miraba cómo cocinabas una puesta de sol sin querer que se desvaneciese en el horizonte al menos hasta que yo no le diese permiso. Pero como en todas las puestas de sol, el brillo se volvió mate
y mis ojos se acabaron quedando sin su regocijo.
Y mientras le daba una calada a un pitillo, me reconfortaba pensar que los placeres son eso, placeres, y más por su insolente desobediencia
que por su empalagosa disponibilidad.

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